Los plaguicidas no sólo están en los campos de cultivo, su uso se ha vuelto extensivo en casas, jardines públicos y privados; en escuelas, guarderías, tiendas, oficinas y supermercados. Se encuentran en el aire, en la tierra y en el agua; en las flores, en los alimentos y en nuestro cuerpo.
Los plaguicidas han contaminado los mantos acuíferos los arroyos, los ríos y los mares; han dañado la biodiversidad y la salud de las personas; han provocado resistencia y mutación en insectos, hierbas y hongos, por lo que su uso aumenta cada vez más al tratar de eliminarlos.
De entre tantos plaguicidas utilizados en los campos agrícolas de México, casi un centenar son cancerígenos, otros son mutagénicos; muchos dañan al sistema nervioso y al sistema reproductivo.
Más de 8 millones de personas trabajan en el campo mexicano, de los cuales 4 millones son jornaleros y cerca de
1 millón son niños menores de 14 años que trabajan jornadas completas, igual que un adulto, pero con más probabilidades de morir por una intoxicación aguda debido a un alto grado de desnutrición.
Según la Secretaría de Salud, entre 1994 y 2010, la suma de intoxicados en México fue de
más de 75 mil personas, de los cuales no se informó de los fallecimientos.
No hay seguimiento epidemiológico ni estadísticas de los intoxicados crónicos, aquellos que han acumulando plaguicidas en sus cuerpos durante años y que ahora manifiestan diversas enfermedades crónico-degenerativas. Estos enfermos representan un elevado costo para la sociedad, si es que reciben atención médica.
Hoy estamos curando las enfermedades de lo que se liberó en el medio ambiente hace 10 ó 15 años, y cada vez son más enfermos y muertes que pudieron evitarse.
La industria farmacoquímica controla las semillas, los herbicidas e insecticidas y también los medicamentos. El perverso negocio de enfermar a las personas para vender sus medicinas resulta muy rentable. Se requieren medidas drásticas para comenzar a revertir el desastre en el que nos encontramos. Deben prohibirse progresivamente los plaguicidas y poner en práctica alternativas sustentables. Debemos desechar el modelo de la "revolución verde" (finaciado por la Fundación Rockefeller, que se originó en México en los años 50's), porque privilegia el monocultivo y la productividad a corto plazo por encima de los costos ecológicos y de salud, y porque promueve la dependencia de insumos tóxicos controlados por transnacionales. En
Huicholes y Plaguicidas consideramos que agricultores, jornaleros agrícolas, comunidades y consumidores, tenemos derecho a estar informados para prevenir los riesgos que representan los plaguicidas; a recibir capacitación y asistencia técnica en alternativas ecológicas; a consumir alimentos sanos y nutritivos, libres de residuos tóxicos y de trabajo infantil.